Me pregunté:
Si ninguno de los dos fuma, ¿de dónde sale todo ese humo que nos envuelve? Ha anidado los pulmones, se ha pegado a mi ropa y metido en los ojos. Ya casi ni te distingo. Todo ha empezado a arder bajo nuestros pies.
El humo desaparece y descubro que no sé quien eres. No sé ante quien ni dónde estoy.
Me desoriento. Estoy fumando.

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